De cómo supe de “las coloradas”

Sentía desde el principio que no sería un viaje como otros… por alguna razón esta nueva aventura no me hacía vibrar como las otras ocasiones en las que deliberadamente me escapé con ellas: mis amigas, hacia alguna locura inexplicable.

Una semana antes, sabía que viajaría hasta allá, pero no fue sino 30 minutos antes de partir que metí mis cuatro cosas en un bolso y corrí a buscar un taxi.  Llegué con las justas a la terminal, mientras subía al bus 104 recordaba cuánto odio los viajes largos y cuánto miedo me dan.

Pero al ver las caras de ellas pensé “esto se pondrá mejor”, solo faltaba algo de acción… lamento haber hecho la plegaria de que algo “emocionante” suceda.


Luego de casi 13 horas de viaje, y de un interminable ir y venir de movimientos buscando minimizar el dolor de espalda, llegamos!.

Al bajar, el mismo cuadro de siempre:  gente de un lado al otro apurados por “no sé qué” o simplemente buscando la forma de escapar del ruido, de la ciudad y de la familia, como suele sucederme a mi.

Pero allí estábamos, empezando lo que en dos días estaríamos contando con lujo de detalles a cuando ser humano se nos cruzara, solo hasta hoy sé que nunca nada nos motivó tanto a estar calladas.

Caminábamos por una calle estrecha, estaba llena de tiendas y de gente… ahora comprendo que si algo nos pasaba nadie saldría a ayudarnos.

Llegamos a la estación del trole, estando sola nunca me hubiera arriesgado a viajar en él, pero de alguna forma estar con mis amigas me dio valor y me hizo pensar que no habría problema, sin embargo no me gusta… llámenme filática, pero  me da miedo.. hoy más que antes.

Sé que estarán pensando “esta nunca salió de su pueblo”, pero oigan! Suelo viajar a esa ciudad, me encanta, pero sin ser creída, esta vez no era el estilo de otros tantos viajes y en eso concordaba con mis amigas.

Apenas me paré en la cola revisé mis pertenencias… todo en orden, miraba a un lado y a otro buscando un sospechoso, pero nunca encontré a nadie… quizá esperaba al “cara cortada” de la tele o al camiseta negra de mala actitud… pero nada, solo gente “normal”.

Llegó nuestro turno de abordar… en seguida se pegó a nosotras una mujer aparentemente humilde, pero bastante malcriada, pensé yo, pues empujaba a todo el que se le atravesara…claro, después me di cuenta que esa es la forma precisa para robar.

En solo 5 tal vez 4 ó 3 segundos se había llevado mi vida: mi identificación, mis tarjetas y mi dinero… fui tras ella .. la encaré, la revisé pero era tarde… ahora entiendo eso de que uno se “atonta” cuando se halla en esa situación..

Después de que se fue, o mejor dicho después de que se escapó pude entender que no estaba sola que siempre hubo alguien esperando recibir el botín para luego marcharse como si nada.

Malditos! Ojalá no les  sirva de mucho.. de hecho lo dudo pues no llevaba tanto dinero… seguramente no les duraría ni un solo día, por ese lado me alegro… pa la próxima ya sé, cualquier viejita puede ser una potencial ladrona o una de las “coloradas” como me contaron que se les llama, dicen que porque todas se pintan el cabello… en tal caso que se compren un buen tinte con lo que se llevaron.

A todo esto una fuente, bastante confiable diría yo, me contó que todos en la ciudad las conocen o al menos las identifican … incluso los mismos guardias, pero les vale un carajo que hagan lo que quieran, aparentemente porque las doñas también tienen derecho a “trabajar”.

Ridículo, si me lo preguntan es una soberana estupidez, pero más puede el miedo a ser dañados que el valor para denunciar, más puede la coima y el billete de a 5 que el coraje para hacer su trabajo.

En fin mi coraje desapareció al día siguiente, pero su estúpida forma de ganarse la vida no!, yo  aprendí la lección… no me importa cuántas veces tenga que volver hasta allá espero no cruzarme con ellas porque de ser así no habrá policía ni alma  que se amparen de esta persona.

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~ por Claudia Rodríguez-Hidalgo en marzo 24, 2009.

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